An excellent short clip from the Nylacast archive educating on the topic of Nylon production, polymerization and the industrial uses of Nylon.
Un blog dedicado a la tecnología, usos, reciclaje y aspectos culturales relacionados con el material más utilizado y que más influye en nuestro día a día: Los plásticos en toda su diversidad.
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martes, 17 de octubre de 2017
martes, 14 de octubre de 2014
Historia del Plástico
El término plástico en su significación más general, se aplica a las sustancias de similares estructuras que carecen de un punto fijo de evaporación y poseen durante un intervalo de temperaturas propiedades de elasticidad y flexibilidad que permiten moldearlas y adaptarlas a diferentes formas y aplicaciones. Sin embargo, en sentido concreto, nombra ciertos tipos de materiales sintéticos obtenidos mediante fenómenos de polimerización o multiplicación semi-natural de los átomos de carbono en las largas cadenas moleculares de compuestos orgánicos derivados del petróleo y otras sustancias naturales.
La palabra plástico se usó originalmente como adjetivo para denotar un escaso grado de movilidad y facilidad para adquirir cierta forma, sentido que se conserva en el término plasticidad. El invento del primer plástico se origina como resultado de un concurso realizado en 1860, cuando el fabricante estadounidense de bolas de billar Phelan and Collarder ofreció una recompensa de 10 000 dólares a quien consiguiera un sustituto del marfil natural, destinado a la fabricación de bolas de billar. Una de las personas que compitieron fue el inventor norteamericano John Wesley Hyatt, quien desarrolló el celuloide disolviendo celulosa (material de origen natural) en una solución de alcanfor y etanol. Si bien Hyatt no ganó el premio, consiguió un producto muy comercial que sería vital para el posterior desarrollo de la industria cinematográfica de finales de siglo XIX.
En 1909 el químico norteamericano de origen belga Leo Hendrik Baekeland sintetizó un polímero de gran interés comercial, a partir de moléculas de fenol y formaldehído. Se bautizó con el nombre de baquelita y fue el primer plástico totalmente sintético de la historia, fue la primera de una serie de resinas sintéticas que revolucionaron la tecnología moderna iniciando la «era del plástico». A lo largo del siglo XX el uso del plástico se hizo popular y llegó a sustituir a otros materiales tanto en el ámbito doméstico, como industrial y comercial.
En 1919 se produjo un acontecimiento que marcaría la pauta en el desarrollo de los materiales plásticos. El químico alemán Hermann Staudinger aventuró que éstos se componían en realidad de moléculas gigantes o macromoléculas. Los esfuerzos realizados para probar estas afirmaciones iniciaron numerosas investigaciones científicas que produjeron enormes avances en esta parte de la química.
La palabra plástico se usó originalmente como adjetivo para denotar un escaso grado de movilidad y facilidad para adquirir cierta forma, sentido que se conserva en el término plasticidad. El invento del primer plástico se origina como resultado de un concurso realizado en 1860, cuando el fabricante estadounidense de bolas de billar Phelan and Collarder ofreció una recompensa de 10 000 dólares a quien consiguiera un sustituto del marfil natural, destinado a la fabricación de bolas de billar. Una de las personas que compitieron fue el inventor norteamericano John Wesley Hyatt, quien desarrolló el celuloide disolviendo celulosa (material de origen natural) en una solución de alcanfor y etanol. Si bien Hyatt no ganó el premio, consiguió un producto muy comercial que sería vital para el posterior desarrollo de la industria cinematográfica de finales de siglo XIX.
En 1909 el químico norteamericano de origen belga Leo Hendrik Baekeland sintetizó un polímero de gran interés comercial, a partir de moléculas de fenol y formaldehído. Se bautizó con el nombre de baquelita y fue el primer plástico totalmente sintético de la historia, fue la primera de una serie de resinas sintéticas que revolucionaron la tecnología moderna iniciando la «era del plástico». A lo largo del siglo XX el uso del plástico se hizo popular y llegó a sustituir a otros materiales tanto en el ámbito doméstico, como industrial y comercial.
En 1919 se produjo un acontecimiento que marcaría la pauta en el desarrollo de los materiales plásticos. El químico alemán Hermann Staudinger aventuró que éstos se componían en realidad de moléculas gigantes o macromoléculas. Los esfuerzos realizados para probar estas afirmaciones iniciaron numerosas investigaciones científicas que produjeron enormes avances en esta parte de la química.
martes, 8 de julio de 2014
martes, 11 de febrero de 2014
¿Quién invento el plástico?
El término plástico en su significación más general, se aplica a las sustancias de similares estructuras que carecen de un punto fijo de evaporación y poseen durante un intervalo de temperaturas propiedades de elasticidad y flexibilidad que permiten moldearlas y adaptarlas a diferentes formas y aplicaciones. Sin embargo, en sentido concreto, nombra ciertos tipos de materiales sintéticos obtenidos mediante fenómenos de polimerización o multiplicación semi-natural de los átomos de carbono en las largas cadenas moleculares de compuestos orgánicos derivados del petróleo y otras sustancias naturales.
La palabra plástico se usó originalmente como adjetivo para denotar un escaso grado de movilidad y facilidad para adquirir cierta forma, sentido que se conserva en el término plasticidad.
El invento del primer plástico se origina como resultado de un concurso realizado en 1860, cuando el fabricante estadounidense de bolas de billar Phelan and Collarder ofreció una recompensa de 10 000 dólares a quien consiguiera un sustituto del marfil natural, destinado a la fabricación de bolas de billar. Una de las personas que compitieron fue el inventor norteamericano John Wesley Hyatt, quien desarrolló el celuloide disolviendo celulosa (material de origen natural) en una solución de alcanfor y etanol. Si bien Hyatt no ganó el premio, consiguió un producto muy comercial que sería vital para el posterior desarrollo de la industria cinematográfica de finales de siglo XIX.
En 1909 el químico norteamericano de origen belga Leo Hendrik Baekeland sintetizó un polímero de gran interés comercial, a partir de moléculas de fenol y formaldehído. Se bautizó con el nombre de baquelita y fue el primer plástico totalmente sintético de la historia, fue la primera de una serie de resinas sintéticas que revolucionaron la tecnología moderna iniciando la «era del plástico». A lo largo del siglo XX el uso del plástico se hizo popular y llegó a sustituir a otros materiales tanto en el ámbito doméstico, como industrial y comercial.
En 1919 se produjo un acontecimiento que marcaría la pauta en el desarrollo de los materiales plásticos. El químico alemán Hermann Staudinger aventuró que éstos se componían en realidad de moléculas gigantes o macromoléculas. Los esfuerzos realizados para probar estas afirmaciones iniciaron numerosas investigaciones científicas que produjeron enormes avances en esta parte de la química.
lunes, 25 de noviembre de 2013
Historia de una silla blanca "monobloc"
Hay pocos muebles más extendidos en el mundo que la silla blanca de plástico “monobloc”. Este es uno de los objetos escogidos por la periodista estadounidense Susan Freinkel, autora del libro “Plástico, un idilio tóxico”, editado ahora en español, para contar cómo estos polímeros sintéticos han cambiado el mundo. Estas sillas no suelen aparecer en los catálogos de diseño, pero están por todas partes; hay forofos de ellas en Internet y adaptaciones de todo tipo. Como suele ocurrir con los plásticos, la explicación a su tremendo éxito está en su precio de venta al público: unos 10 euros en España. Son varias las empresas que fabrican esta silla de polipropileno en el país, como el Grupo Resol, en Olot (Girona), desde donde explican que España es uno de los principales productores en Europa de muebles de plástico.
¿Cuándo comienza la historia de los plásticos? El relato de Freinkel sobre el origen de estos asombrosos materiales formados por moléculas gigantes empieza junto a una mesa de billar. A mediados del siglo XIX surgen voces en EEUU que alertan de la disminución de elefantes como consecuencia de la alta demanda de marfil, entre otros motivos, para elaborar las esferas de este juego. Como cuenta la periodista, en 1863 un proveedor neoyorquino de bolas de billar ofreció 10.000 dólares en oro a aquel que encontrase un material alternativo. Aunque nunca recibió ese premio, fue el inventor estadounidense John Wesley Hyatt el que consiguió la carambola y unos pocos años después logró producir una sustancia maleable que podía endurecerse, a partir de un polímero natural: la celulosa de algodón. Este nuevo material al que se llamó “celuloide” resultó ser perfecto para fabricar peines, cuellos de camisa, cepillos de diente o como soporte de la película fotográfica (tras algunas dificultades iniciales, incluso para fabricar bolas de billar).
Con los otros plásticos que van apareciendo de forma posterior (en 1907, el estadounidense de origen belga Leo Baekeland inventa el primer polímero totalmente sintético: la baquelita), estos polímeros suponen increíbles ventajas para los ciudadanos, que reciben con entusiasmo unas novedades que van transformando su vida, en especial, a partir de la Segunda Guerra Mundial. Pero, además, según Freinkel, los plásticos también contribuyen a cambiar el modo de consumir. De lo escaso y accesible solo a unos pocos, se pasa a lo abundante y barato. Resulta innegable que estos materiales tan ligados a la industria del petróleo han traído innumerables adelantos, pero también importantes efectos secundarios, como la incontrolada dispersión de residuos de plástico en ecosistemas terrestres, en océanos e incluso en nuestro propio organismo. “Ahora los humanos somos un poco de plástico”, asegura la periodista, utilizando la misma frase con la que comienza un artículo del Washington Post en 1972 sobre el hallazgo de restos de estos polímeros en la sangre de humanos. Esta son algunas de las consecuencias no esperadas. Otro efecto relevante desde un punto de vista ambiental ha sido el acortamiento de la vida de las cosas que nos rodean.
Un ejemplo de esta vulgarización de los bienes de consumo es la silla blanca “monobloc”. Se denomina así porque se fabrica de una solo pieza. Se inyecta la resina plástica en un único molde, a temperaturas de 220-230 grados, y se espera a que se endurezca. Esta silla, generalmente, de polipropileno, y descendiente del mucho más estiloso modelo Panton, está diseñada fundamentalmente para ser barata. Para conseguir la geometría más estable con el menor material posible. Su precio está tan ajustado que su fabricación no puede permitirse ninguna alteración. Como explican desde la fábrica de Olot, se puede tardar un día en cambiar el molde, pero una vez comenzado el proceso de fabricación ya no se puede parar. La máquina funciona las 24 horas del día, aunque sea fin de semana o festivo. "Solo paramos dos días en todo el año", especifican desde la planta, "las hacemos como churros". En esta fábrica del Grupo Resol pueden producir unas mil sillas al día de la "monobloc" más básica. Mil sillas al día que destacan por ser ligeras, apilables, fáciles de limpiar, pero no precisamente por durar mucho.
Al igual que la silla "monobloc" simboliza el triunfo del plástico, para Freinkel también constituye “el emblema de un mundo chabacano y vulgar” (o "el envase Tupperware de un mundo culón", utilizando otra cita del Washington Post). En el libro no se cuestiona solo la estética, sino la propia filosofía de un producto equivalente al vaso desechable de las sillas de plástico. Según la periodista, cuando empiezan a aparecer las máquinas expendedoras de café en EEUU en los años 50, la gente se quedaba con los vasos de plástico para reutilizarlos. Tirarlos después de usarlos no parecía muy lógico a una generación que había vivido la Gran Depresión. “Era preciso que aprendieran a tirar las cosas”, cuenta Freinkel, que recupera un artículo de la revista Life de 1955 con el título “Throwaway living”, en el que aparece la fotografía de una familia que lanza al aire con gran alegría toda una serie de artículos desechables de distintos materiales: “Lavar los objetos que vuelan por el aire en esta fotografía llevaría 40 horas”, comienza el texto. Como los vasos, estas sillas tampoco están diseñadas para durar más. Y no parece que merezca mucho la pena reparar un producto de plástico que cuesta unos 10 euros.
Hoy en día existen muchos tipos distintos de plásticos. No obstante, los más utilizados son cerca de una decena. En España, según los datos del Centro Español de Plásticos, el consumo de estos polímeros en 2010 fue de unos 4,6 millones de toneladas, lo que equivaldría a unos 98 kilos por persona. En el país se produjeron 4,7 millones de toneladas, se exportaron 2,2 millones y se importaron 2,1 millones. Los tipos de plásticos más consumidos fueron, por este orden, el polipropileno -el mismo de la silla "monobloc"- (con 723.894 toneladas), el polietileno de baja densidad (622.836), el polietileno de alta densidad (671.653), el PET (601.311), el PVC (527.346) y el poliestireno (157.984). Por usos, el 6,1% de estos plásticos se utilizó en el sector de la electricidad y la electrónica, el 8,7% en el de la automoción, el 15% en el de la construcción y el 42,3%, la mayor parte, en el de los envases. ¿Cuánto se recicla de todo este plástico? Según las estadísticas de la industria, en España, tan solo un 23% (1).
- Según el informe consolidado 2010 PlasticsEurope+EuPC+EuPr+EPRO, un 23% del plástico consumido en España se recicla de forma mecánica, un 17% se incinera para obtener energía y un 60% acaba en el vertedero.
viernes, 8 de noviembre de 2013
Breve historia de los primeros plásticos
Los primeros plásticos, como el celuloide o la galalita, partían de polímeros a los que se añadían sustancias plastificantes. El proceso que condujo a los plásticos modernos fue la sintetización: partir de monómeros o moléculas sencillas para obtener polímeros mediante una reacción química polimerizante.
Los resultados alcanzados por los primeros plásticos incentivaron a los químicos y a la
industria a buscar otras moléculas sencillas que pudieran enlazarse para crear polímeros. En la
década de los 30, químicos ingleses descubrieron que el gas etileno polimerizaba bajo la
acción del calor y la presión, formando un termoplástico al que llamaron polietileno (PE).
Al reemplazar en el etileno un átomo de hidrógeno por uno de cloruro se produjo el cloruro de
polivinilo (PVC), un plástico duro y resistente al fuego. Al agregarles diversos aditivos se logra
un material más blando, sustitutivo del caucho, comúnmente usado para ropa impermeable,
manteles, cortinas y juguetes. Un plástico parecido al PVC es el politetrafluoretileno (PTFE),
conocido popularmente como teflón y usado para rodillos y sartenes antiadherentes.
Otro de los plásticos desarrollados en los años 30 en Alemania fue el poliestireno (PS).
También en esta época se crea la primera fibra artificial, el nylon. Su primer uso fue la
fabricación de paracaídas para las fuerzas armadas estadounidenses durante la Segunda
Guerra Mundial, extendiéndose rápidamente a la industria textil en la fabricación de medias y
otros tejidos combinados con algodón o lana.
Nacen en 1942 las melaminas, las resinas epoxi, el poliuretano (PU) y en 1952 el policarbonato (PC).
La evolución ha sido muy rápida, hoy tenemos unos 50 materiales que con sus tipos, subtipos,
mezclas, etc. pueden llegar a ser unos 2000.
sábado, 26 de octubre de 2013
Cuando el caucho se convirtió en goma
Tomado originalmente de: Interempresas
Historia de un asunto pegajoso
Hace medio siglo se tuvo noticias, por primera vez en el Viejo Mundo, de la existencia del caucho. Pero en aquel tiempo no se tenía ni idea de para qué podía servir esa pasta elástica y correosa. En cambio, los mayas, los pobladores indígenas de América Central, conocían desde mucho antes las fascinantes propiedades de la goma natural. En base a informaciones de la feria de Düsseldorf, ofrecemos aquí un rápido resumen de la historia del caucho.
Los mayas formaban con la goma natural "pelotas que botaban de manera extraña", según relataron los expedicionarios al regresar del Nuevo Mundo. Los indígenas utilizaban el jugo lechoso y pegajoso de la planta del caucho ‚látex‘ como pegamento para confeccionar calzado y para hermetizar vasijas. A este lado del "charco" tuvieron que pasar decenios y siglos antes de que se empezara a interesarse por las "lágrimas del árbol que llora". Ahora bien, los artículos confeccionados de caucho natural se volvían porosos al poco tiempo y, al calentarlos, estaban endiabladamente pegajosos. Las cosas no cambiaron mucho hasta que el estadounidense Charles Nelson Goodyear inventara la vulcanización en caliente a mediados del siglo XIX. La combinación de azufre y calor hizo que la pegajosa masa de caucho que envejecía rápidamente se convirtiera finalmente en goma refinada de larga vida.
El 8 de noviembre de 1519, el caballero aventurero español Hernán Cortés, cabalgando y acompañado de sus huestes, fue el primer rostro pálido que llegó a Tenochtitlán, la capital de los aztecas, sobre cuyas ruinas se erigió posteriormente la populosa metrópoli de Ciudad de México. En honor de los huéspedes europeos, el emperador azteca Moctezuma II organizó una fiesta magnífica. Una atracción durante la misma fue un juego que desconocían los conquistadores españoles y que consistía en que dos equipos debían tratar alternativamente de introducir una pelota del tamaño de una cabeza de niño por el hueco de una lancha de piedra. Para ello podían empujar solamente con los hombros, los brazos y el culo. Los invitados se maravillaron al ver cómo la pelota saltaba sobre el duro suelo de piedra del campo de juego, como si en su interior encerrara alguna fuerza misteriosa.
Al preguntar los españoles por la naturaleza del material, los anfitriones respondieron que se trataba de las lágrimas de Catuchu, el jugo blanco de los "árboles que lloran". El poético nombre de Catuchu se lo habían puesto los indígenas al árbol del caucho y de él se derivó el nombre ahora usual del caucho. Ese material debía de conocerse en Sudamérica al menos desde el siglo XII, según revelan las representaciones de juegos de pelota y asimismo pelotas halladas en el curso de excavaciones. También el navegante Colón tropezó en 1495 con las bolas saltarinas de los indígenas durante su segundo viaje por las Antillas. Parece ser que trajo caucho por primera vez de Haití a Europa, donde ese material exótico y sospechosamente flexible fue admirado por todo el mundo, pasando de una mano a otra, como cosa curiosa, durante las veladas sociales. Pero aparte de eso no hubo más.
El caucho como atracción exótica
Durante los dos siglos siguientes no ocurrió casi nada por lo que respecta al caucho. Sólo en el siglo XVIII resurgió el interés en los meridianos europeos por la pasta resinosa originaria de ultramar. A la Academia francesa de las Ciencias llegó en 1736 un paquete que contenía varios rollos de caucho virgen, para fines de investigación. La resina tropical elástica fue analizada y ensayada a fondo, pero no se supo darle ninguna aplicación práctica. Tampoco en 1759, cuando un buque mercante cargado de balas de caucho hasta la cubierta superior arribó a tierras europeas. Los primeros negocios pusilánimes con las "lágrimas del árbol del caucho" no fueron más allá de ofrecer en París y Londres muestras de caucho cortadas en forma de cubitos, como atracción y hechizo mágico.
El mecánico inglés Edward Naime parece ser que en 1770 tuvo la idea de cómo se podría ganar dinero a espuertas con los cubitos del material pegajoso importado del Amazonas. Por pura casualidad había advertido que, con el caucho, era posible borrar las rayas trazadas con un lápiz corriente. El descubrimiento casual de Mr. Naime se convirtió en un negocio lucrativo. El afortunado creía que el caucho procedía de la India y lo vendía en porciones como "Indian Rubber" (goma de borrar de la India). El término "rubber" fue adoptado a partir de entonces en toda el área anglosajona como nombre genérico de los materiales elásticos de goma.
Poco a poco fueron aprovechándose crecientemente las ventajas elásticas del material exótico. En Viena, el sastre Johann Nepomuk Reithofer cortó láminas de plástico en tiras, las planchó sobre un soporte textil, y vendió los artículos compuestos obtenidos de esa manera ofreciéndolos como tirantes para medias y pantalones. En París se estableció en 1803 la primera fábrica de cintas de goma. Y otras dos décadas más tarde, en 1823, el escocés Macintosh patentó sus famosos impermeables, que han resistido los avatares del tiempo hasta nuestros días. Se hacían de material textil doble que llevaba intercalada una capa extrafina de caucho laminado. Pero ese histórico material compuesto no terminaba de convencer como medio para combatir las inclemencias meteorológicas: en verano era pegajoso y maloliente, en invierno, duro como una tabla.
El buen año de míster Goodyear
Con problemas muy similares tenía que batallar asimismo el ferretero estadounidense llamado Charles Nelson Goodyear (1800-1860). Su profesión anterior había sido la de mecánico y desde bastante tiempo atrás se interesaba por el caucho y había tratado de quitarle al elastómero su defecto: la pegajosidad. Por motivos muy crematísticos, Goodyear abastecía de sacos postales impermeables al gobierno de su país, entre otros clientes. Igual que los impermeables del escocés Macintosh, tales sacos estaban hechos de tejido de lino impregnado con goma. Y, lo mismo que las prendas escocesas, tendían a la pegajosidad en días calurosos. Además, se cuarteaban rápidamente, quedando inservibles para su finalidad propiamente dicha. Por lo que pronto Goodyar tenía más quehacer con las reclamaciones que con suministros sucesivos.
Sería alrededor de 1840 cuando el hombre que portaba un apellido tan esperanzador tuvo realmente su "good year" (buen año). Mientras realizaba experimentos en su laboratorio, que más bien parecía un taller mecánico, a Charles N. Goodyear se le cayeron unas migas de caucho sobre las que había espolvoreado cristales de azufre y fueron a parar a la placa de una estufa que estaba encendida. Cuando examinó las partículas más por curiosidad que por real interés, el químico por afición comprobó con sorpresa que el caucho había perdido su pegajosidad y, a la vez, su fluidez. La materia plástica y tenaz se había convertido en material sólido, para admiración del maestro. El caucho se había transformado en goma. Porque, según reza en los tratados técnicos, se entiende por caucho todos los polímeros aún no reticulados, ya naturales, ya sintéticos. Tras la polimerización (vulcanización) se obtienen materiales gomosos, llamados elastómeros.
Charles N. Goodyear había dado por lo tanto con la vía correcta por la que es posible vulcanizar el caucho, es decir, reticularlo. Para ello se necesita: caucho, azufre, una pizca de albayalde y mucho calor. Esos eran los ingredientes, el secreto de la receta. Y dado que en la mitología antigua el calor y el azufre eran los recursos mágicos de Vulcano, el dios romano del fuego, Goodyear denominó "vulcanización" su método para beneficiar el caucho. Posteriormente, empezó a usarse el nombre de "vulcanización en caliente", porque surgieron otras modalidades basadas exclusivamente en el tratamiento químico, a las que se agregaron también métodos sin intervención de calor, lo que se conoce como "vulcanización en frío".
Muy satisfecho, el feliz inventor se dirigió por escrito el 15 de julio de 1844 al registro de patentes de los Estados Unidos en los términos siguientes: "...me place anunciar a todo el mundo, para que lo sepa, que yo, Charles Goodyear, vecino de Nueva York, he descubierto un método de transformación nuevo y útil para la preparación de productos de caucho... ".
Sin embargo, el hombre que descubrió la metamorfosis del caucho en goma no hizo fortuna. Más bien lo contrario, pues apenas le había sido otorgada a Goodyear la patente de invención del procedimiento de vulcanización, cuando se vio enredado en una serie interminable de pleitos. Agobiado por tanto litigio judicial, no le quedaba tiempo para ocuparse intensamente de la explotación y comercialización de licencias. Y, si bien salió airoso de todos los procesos, con ello no logró que le lloviera dinero. El 1.1 de julio de 1876 murió Goodyear en un hospital de Nueva York, sin un centavo y endeudado hasta las cejas.
La marcha triunfal de la goma
Por aquel entonces, a mediados del siglo pasado, nadie sabía a ciencia cierta cómo funcionaba el mecanismo del azufre unido al calor en abundancia. El enigma fue esclarecido sólo 80 años después, a raíz del descubrimiento de las macromoléculas por Hermann Staudinger (1881-1965). Entonces quedó aclarado que, debido al calentamiento y a la reacción química del azufre, las moléculas se agrupan formando polímeros. Así, un conjunto de moléculas simples ordenadas casualmente integran una estructura determinada. Y entonces es cuando la goma resultó interesante para aplicaciones industriales.
Brasil exportaba cantidades crecientes de caucho. Mientras que en 1856 suministró unas 7.000 toneladas, diez años después se embarcaban ya 50.000 toneladas. Los "árboles lloradores" de la Amazonia a duras penas cubrían la demanda. Los precios del caucho virgen alcanzaron niveles que daban vértigo. Los barones del caucho que explotaban la selva tropical brasileña se enriquecieron y convirtieron el puerto fluvial de Manaos en una metrópoli deslumbrante, dado que poseían el cuerno de la abundancia infinita. Durante un tiempo se consumía allí más champaña que en París. Todavía tenía Brasil el monopolio. La exportación de semillas o plántulas del árbol del caucho "Hevea brasiliensis" se castigaba con la pena de muerte. Como cabía esperar, la riqueza de los caucheros latinoamericanos despertó envidias. Y aunque el riesgo era grande, el premio que esperaba a los intrépidos tampoco era ninguna nimiedad. El joven inglés Henry Wickham no se arredraba ante ninguna posible sanción por draconiana que fuera y, aprovechando la oscuridad de una noche tropical del año 1876, consiguió embarcar de contrabando 70.000 semillas de "Hevea" y transferirlas a Europa.
Eso significó el principio del fin del monopolio brasileño. De las semillas exportadas ilegalmente brotaron plántulas suficientes para forestar un extenso bosque. Los plantones fueron trasladados luego a una isla del imperio británico, famosa por su producción de té y especias: Ceilán. En el cálido clima de ese rincón asiático, se plantaron los arbolillos en filas bien regulares, desplegando una serie de cuidados y atenciones para sacar adelante el cultivo. A los trece años del contrabando de semillas brasileñas, se recogió en Ceilán el primer fruto de la plantación de caucho, que no tardando mucho se podía obtener a un costo bastante más bajo que el de su competidor procedente de la selva de Sudamérica.
Pero el mundo necesitaba mayor cantidad de caucho, sobre todo del barato. Entre tanto, se había inventado el automóvil. El nuevo medio de locomoción precisaba cubiertas, que, primeramente, se hacían de goma maciza. El veterinario escocés John Boyd Dunlopp inventó entonces la cubierta de goma que se hinchaba con aire. También él dependía del elastómero de origen silvestre o cultivado, por lo que es lógico que asimismo la industria química tomara cartas en el negocio. Se trataba de hallar una goma sintética que tuviera iguales o mejores características, que se pudiera fabricar a un costo más bajo y en cantidades infinitas.
A esa tarea se dedicó, entre otros, Fritz Hofmann (1866-1956), quien trabajaba en los laboratorios de Elberfeld de la antigua empresa Farbenfabriken Friedr. Bayer & Co. En 1909 se le otorgó la primera patente relacionada con la polimerización en caliente del isopreno, el componente químico del caucho. Pero hasta que se iniciara la fabricación a escala industrial de este competidor sintético hubieron de transcurrir muchos años. De todos modos, las investigaciones de Fritz Hofmann constituyen la base sobre la que se asienta la moderna síntesis del caucho.
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